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Read Ebook: Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) by Irving Washington Montgomery G W George Washington Translator

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Ebook has 401 lines and 58458 words, and 9 pages

Translator: Jorge W. Montgomery

CR?NICA DE LA CONQUISTA DE GRANADA.

CR?NICA DE LA CONQUISTA DE GRANADA.

ESCRITA EN INGL?S por Mr. Washington Irving.

TRADUCIDA AL CASTELLANO POR DON JORGE W. MONTGOMERY, Autor de las Tareas de un Solitario.

Introduccion.

La narracion de los sucesos que marcaron una de las ?pocas mas brillantes de la historia nacional, las victorias, combates y peligros de una guerra memorable, la conquista, en fin, del reino de Granada, y la subversion del imperio ?rabe en Espa?a, son el objeto y materia de las p?ginas siguientes.

La imaginacion, seducida por las ideas encantadoras que inspira un argumento tan fecundo y bello, apenas sabe contenerse dentro de los l?mites de la verdad hist?rica: las haza?as, las proezas, los grandes hechos de armas que ennoblecen ? los actores de la escena, el entusiasmo religioso del cristiano caballero, y el ardoroso valor del sarraceno feroz, son circunstancias que dan ? esta ?poca un aspecto her?ico y caballeresco, y que arrastran al historiador ? las regiones de la ficcion. Pero el c?lebre WASHINGTON IRVING, cuya fama se extiende ya desde las selvas de la Am?rica setentrional hasta las extremidades de la Europa, tratando este asunto con mano maestra, y con el mismo acierto que todas sus demas producciones, ha sabido evitar este escollo, y exornar su obra con las gracias de un estilo que le es peculiar, d?ndole un aire rom?ntico, sin desdecir un punto de su car?cter de historiador, sin omitir un solo hecho, ni a?adir circunstancia alguna que no se halle en las antiguas cr?nicas y memorias que tratan de la materia.

Parecer? una temeridad haberme yo arrojado ? traducir ? este autor inimitable. Pero la consideracion de no haberse escrito hasta ahora, que yo sepa, esta historia en particular y con la extension que se merece, y s? solo incidentalmente por algunos autores envejecidos, junto con el deseo de presentar al p?blico espa?ol ? un escritor cuyas obras est?n traducidas en casi todos los idiomas menos el castellano, me anim? ? una empresa acaso superior ? mis fuerzas, y digna de mejor pluma.

Por otra parte, los atractivos que parece debe tener para toda clase de lectores la historia de la conquista de Granada, animan ? creer que este trabajo merecer? una acogida favorable. El hombre de estado, el literato, el militar, hallar?n aqui materia adecuada ? sus gustos ? inclinaciones; y los que leen por mera curiosidad, no dejar?n de experimentar algun placer cuando se les trata de los moros de Granada, de esta nacion de guerreros galanteadores hasta la adoracion, supersticiosos hasta el fanatismo, valientes hasta el frenes?; ni dejar?n de contemplar con inter?s la larga y gloriosa lucha que sostuvieron sus antepasados, primero que lograsen derrocar el poder colosal del sarraceno, y diesen cima al triunfo mas se?alado que jamas alcanzaron las armas espa?olas.

El Traductor.

CR?NICA DE LA CONQUISTA DE GRANADA.

CAP?TULO PRIMERO.

Desde la desastrosa ?poca en que la invasion de los ?rabes y la derrota de don Rodrigo, ?ltimo Rey de los godos, echaron el sello ? la perdicion de Espa?a, habian pasado cerca de ochocientos a?os; y los pr?ncipes cristianos, recobrando sucesivamente los reinos que perdieron, habian reducido el se?or?o de los moros ? solo el territorio de Granada.

Estaba situado este famoso reino en el mediodia de Espa?a, confinando por esta parte con el mar mediterr?neo, y por la del norte con una cordillera de altas y escarpadas monta?as, cuya esterilidad se recompensaba largamente con la pr?diga fertilidad de los ricos y profundos valles que abrigaban en su seno.

La ciudad de Granada, ocupando el centro del imperio, descollaba desde la falda de Sierra nevada, y cubria dos alturas y un valle fertilizado por el Darro. Sobre una de estas alturas se eleva el alc?zar real de la Alhambra, cuya capacidad es tanta, que pueden alojarse cuarenta mil hombres dentro de sus muros y torreones. Era fama entre los moros, que el Rey que levant? este suntuoso edificio, estaba instruido en las ciencias ocultas, y que el arte de la alquimia le suministr? los medios para ocurrir ? tan grandes gastos. Es efectivamente una obra sublime, y acaso superior en su g?nero ? cuanto ha producido la magnificencia oriental; pues aun en el dia, el forastero que discurre por sus silenciosos y desiertos patios y desmantelados salones, contempla con admiracion la curiosa labor de sus dorados techos, y el lujo de los adornos, que ? pesar del tiempo y sus estragos, conservan todavia su brillantez y hermosura.

Sobre otro cerro, enfrente de la Alhambra, estaba fundada la fortaleza de la Alcazaba, su rival, donde habia un llano espacioso, cubierto de casas y de una poblacion numerosa. Por las faldas de estos cerros se extendia la ciudad, en la que se contaban setenta mil casas, distribuidas en calles angostas y plazuelas, segun era costumbre de los moros. En las casas habia patios y jardines; y en ellos se veian brotar fuentes caudalosas, y florecer el granado, el cidro y el naranjo; y elev?ndose unos sobre otros los edificios, presentaba esta capital el aspecto singular y embelesador de una ciudad y de un jardin ? un mismo tiempo. Estaba la poblacion cercada de altos muros, que tenian tres leguas de circunferencia, con doce puertas, y mil y treinta torres. La elevacion de la ciudad y la proximidad de Sierra nevada, cubierta perpetuamente de nieve, mitigaban los calores excesivos del est?o; de suerte, que mientras en otras partes agoviaba y rendia el rigor de la can?cula, aqui se gozaba de una temperatura suave, y un aire puro y sano circulaba por las habitaciones de Granada.

Pero la gloria de esta ciudad era su vega, que se extendia por espacio de treinta y siete leguas de circunferencia. Era un jardin de delicias, rodeado de altos cerros, y fertilizado por una multitud de fuentes y manantiales; y el cristalino Jenil deteniendo su curso, lo atravesaba con lento y tortuoso paso. La industria de los moros, habia repartido las aguas de este rio en mil corrientes y arroyuelos, que llevaban un riego abundante por toda la superficie de la llanura. Llegaron en efecto ? poner en tanta prosperidad ? esta region feliz, que causaba admiracion; esmer?ndose en a?adirle nuevos adornos, asi como un amante se complace en realzar la belleza de su dama. Los cerros estaban coronados de olivares y vi?edos, y matizados los valles de huertas y jardines: lozanas mieses doraban el espacioso llano, y cubr?anle inmensos plant?os de moreras que produc?an una fin?sima seda, al paso que por cualquier lado deleitaban la vista el naranjo, el cidro, la higuera y el granado. Trepando de rama en rama, se veia ? la d?bil vid enlazarse con el ?lamo robusto, ? bien adornando con sus dorados racimos la r?stica caba?a; y el canto perenne del ruise?or, alegraba ? este vergel florido. En una palabra, tan ameno era el suelo, tan puro y apacible el aire, y tan sereno el cielo de esta region deliciosa, que se imaginaban los moros que el paraiso de su Profeta, debia de estar en la parte del cielo sobrepuesta al reino de Granada.

Juan Bolero Renes. Relaciones universales del mundo.

Se habia dejado ? los infieles en posesion de este rico y populoso territorio, bajo la condicion de pagar ? los Reyes de Castilla y de Leon, un tributo anual de dos mil doblas de oro, y entregar mil y seiscientos cautivos cristianos, ? en defecto de estos, un n?mero igual de moros, como esclavos; debiendo verificarse la entrega de todo en la ciudad de C?rdoba.

En la ?poca en que principia esta Cr?nica, Fernando ? Isabel, de gloriosa y feliz memoria, reinaban en los reinos unidos de Castilla, Leon y Aragon; y Muley Aben Hazen ocupaba el trono de Granada.

Este Muley Aben Hazen habia sucedido ? su padre Ismael en 1465, siendo Rey de Castilla y de Leon don Enrique IV, hermano y predecesor inmediato de la Reina Isabel. Era del esclarecido linage de Mahomed Aben Alamar, el primero de los Reyes moros de Granada, y era el mas poderoso de su l?nea, pues se habia acrecentado mucho su poder con la p?rdida de otros reinos, que los cristianos habian conquistado ? los moros, y con haberse acogido ? su proteccion muchas ciudades y lugares fuertes de los reinos contiguos ? Granada, que no quisieron rendir vasallage ? los cristianos. Asi se fueron dilatando los estados de Muley, y tal vino ? ser su poblacion y riqueza, cual no habia ejemplo; pues se contaban en ellos catorce ciudades y noventa y siete plazas fuertes, ademas de un gran n?mero de aldeas y lugares abiertos, defendidos por castillos formidables; el esp?ritu de Aben Hazen creci? ? la par de su poder?o.

El tributo en dinero y cautivos, habia sido pagado puntualmente por Ismael, y aun Muley en una ocasion habia asistido personalmente ? su pago en C?rdoba. Pero la insolencia y menosprecio que sufri? entonces de los orgullosos castellanos, habian despertado toda su indignacion, y se enfurecia el africano altivo al recordar aquella humillante escena y el envilecimiento de los suyos. Asi, cuando subi? al trono, ces? enteramente el pago del tributo, y bastaba tra?rselo ? la memoria para que la c?lera le arrebatase.

En el a?o de 1478, lleg? ? las puertas de Granada un caballero espa?ol de orgulloso porte y muy noble presencia, que venia como Embajador de los Reyes Cat?licos, para reclamar los atrasos del tributo. Llam?base don Juan de Vera, y era un devoto y celoso caballero, lleno de ardor por la f? y de lealtad por la corona. Venia perfectamente montado y armado de todas piezas, y le seguia una comitiva corta, pero bien apercibida.

Miraban los habitantes moros ? esta peque?a, pero lucida muestra de la nobleza castellana, con una mezcla de curiosidad y ce?o, al verla entrar por la famosa puerta de Elvira, con aquella gravedad y se?or?o que distinguen ? los caballeros espa?oles. Y mirando el gentil continente y fuerte contestura f?sica de don Juan, que le hacian apto para las mas ?rduas empresas militares, se figuraban que vendria para ganar renombre y fama compitiendo con los caballeros granadinos en los torneos ? en los juegos de ca?as, por los cuales eran tan celebrados; pues en los intervalos de la guerra, solian todavia los guerreros de las dos naciones entretenerse juntos en estos egercicios caballerescos. Pero cuando entendieron que su venida era para pedir el tributo tan odiado de su fogoso Monarca, dijeron que bien era menester un caballero de tanto valor y esfuerzo como este manifestaba, para venir con una embajada semejante.

Sentado bajo de un dosel magn?fico, y rodeado de los grandes del reino, recibi? Muley Aben Hazen ? don Juan de Vera en el salon de Embajadores, uno de los mas suntuosos de la Alhambra. Expuso el espa?ol el objeto de su mision; y habiendo concluido, le dijo el soberbio Monarca con semblante airado y tono desde?oso: "Id, y decid ? vuestros soberanos, que ya murieron los Reyes de Granada que pagaban tributo ? los cristianos; y que en Granada no se labra sino alfanges y hierros de lanza contra nuestros enemigos." Con esta respuesta, mensagera de una guerra cruel, volvi? el Embajador castellano ? la presencia de su Monarca.

En el corto espacio que permanecieron en Granada, tuvieron lugar don Juan y sus compa?eros de reconocer, como inteligentes y pr?cticos, las fuerzas y situacion del moro. Notaron que estaba bien apercibido para la guerra; que las murallas, fuertes y bien torreadas, estaban guarnecidas de lombardas y otras piezas de artiller?a; que los almacenes estaban bien provistos de municiones y pertrechos de guerra; que habia una infanter?a numeros?sima, y muchos escuadrones de caballer?a, prontos ? entrar en campa?a y, capaces no solo de hacer la guerra en la defensiva, sino de llevarla ? las puertas del enemigo. Todo esto vieron nuestros guerreros sin arredrarse, antes se felicitaron de haber hallado un contrario tan digno de ellos; y esta consideracion servia de est?mulo ? su valor. Al pasar por las calles de Granada, cuando salian de la ciudad, miraban en derredor de s?, ? ?banseles los ojos tras de tanto objeto como excitaba su codicia. Veian aquellos suntuosos palacios y magn?ficas mezquitas, aquella Alcaycer?a ? mercado, tan abundante de sedas, de telas de oro y plata, de joyas, de piedras preciosas y de una variedad inmensa de g?neros de mucho precio y lujo, traidos de los mas remotos climas, y deseaban con impaciencia llegase la hora en que todas estas riquezas fuesen despojos de sus soldados, y en que, postrada la media luna, tremolase en su lugar el estandarte de la cruz.

Iba don Juan de Vera atravesando lentamente el pais con direccion ? la frontera, y no veia pueblo que no estuviese bien fortificado: toda la vega estaba sembrada de torres, que servian de asilo ? las gentes del campo: en las monta?as, todos los pasos se hallaban defendidos con castillos, y todos los cerros tenian sus atalayas. Al pasar bajo los muros de estas fortalezas, ve?anse relumbrar desde los adarves las lanzas y cimitarras de los moros, y el feroz centinela parecia lanzar miradas de odio y enemistad ? los cristianos. Era evidente que de romperse la guerra con esta nacion, se seguiria una larga y sangrienta lucha, llena de trances peligrosos y de empresas ?rduas; una lucha, en fin, en que el terreno se ganaria ? palmos, y con sudor y sangre; y solo podria conservarse con suma dificultad. Pero esto mismo inflam? el esp?ritu guerrero de los castellanos, y ya se les hacia tarde que empezasen las hostilidades.

Al desafio del fogoso Monarca moro, hubieran contestado desde luego los Reyes Cat?licos con el estruendo de su artiller?a; pero se hallaban ? la sazon empe?ados en una guerra con Portugal, y ocupados en deshacer una faccion de los grandes de su mismo reino. Asi, pues, se permiti? continuase la tregua, que por tantos a?os habia subsistido entre las dos naciones; reserv?ndose el cauto Fernando la resistencia de los moros ? pagar tributo, como un motivo fundado para hacerles la guerra en el momento que se presentase una ocasion favorable.

Al cabo de tres a?os termin? la guerra con Portugal, y qued? sosegada en gran parte la faccion de los nobles de Castilla. Trataron entonces Fernando ? Isabel de realizar el proyecto, que desde la union de sus dos coronas habia sido el grande objeto de su plausible ambicion, ? saber: la conquista de Granada, y la extirpacion del dominio de los moros en Espa?a. Para este fin determin? Fernando hacer la guerra con detenimiento y precaucion; y perseverar en ella, quitando al enemigo, uno despues de otro, sus castillos y fortalezas, hasta dejarle enteramente sin apoyo, para acometer entonces la capital. ? este intento dijo el prudente Rey: "Uno ? uno he de sacar los granos ? esta Granada."

No se ocultaban ? Muley Aben Hazen las intenciones hostiles del Cat?lico Monarca; pero confiaba en los medios que tenia para resistirle. En el discurso de un reinado tranquilo, habia juntado grandes caudales y puesto en estado de defensa todas las plazas del reino: habia sacado de Berber?a cuerpos numerosos de tropas auxiliares, y se habia concertado con los pr?ncipes de ?frica, para que en caso urgente le enviasen nuevos socorros. Tenia en sus vasallos soldados aguerridos y de gran corazon, cuyos hechos no desmentian la opinion de que gozaban. Avezados ? los trabajos de la guerra, sabian sufrir el hambre, la sed, el cansancio y la desnudez; montaban primorosamente, y lo mismo peleaban ? pi? que ? caballo, lo mismo armados de todas piezas que ? la gineta, ? ? la ligera, con solo lanza y adarga. Obedientes ? la voz del Soberano, campeaban ? la primera intimacion, y defendian con tenacidad sus pueblos y posesiones.

Hall?ndose tan apercibido para la guerra, resolvi? Muley Aben Hazen anticiparse ? Fernando, y dar el primer golpe. En la tregua que subsistia habia una cl?usula singular, y era, que se podia acometer cualquier castillo, y hacerse unos ? otros correr?as y cabalgadas, siempre que no se asentase real, ni fuesen con banderas tendidas, ni con sonido de trompeta, sino de improviso y con estratagema, y que esto no durase mas de tres dias. De aqui se originaron tantas empresas tan temerarias y peregrinas, en que se asaltaban y sorprendian tantos castillos y lugares fuertes. Pero hacia ya mucho tiempo que por parte de los moros no se habia cometido ningun exceso de este g?nero, y por esta causa los pueblos fronterizos de los cristianos no se guardaban con la debida vigilancia.

Deseando estaba Muley Aben Hazen saltear alguna villa, cuando se le di? aviso que la Zahara, por el descuido de su alcaide, se hallaba ? mal recado, mal abastecida y con corta guarnicion. Esta importante fortaleza, estaba situada sobre un escarpado cerro entre Ronda y Medina Sidonia, y la dominaba un castillo encaramado en un pe?asco tan alto, que se decia descollaba entre las nubes, y que las aves no alcanzaban ? remontar hasta alli el vuelo. Las calles y muchas de las casas, no eran mas que excavaciones labradas en la pe?a viva. La poblacion tenia una sola puerta, la cual miraba ? poniente, y estaba defendida con sus torres y almenas. La ?nica subida ? este empinado castillo, era por un sendero cortado en la misma roca, y tan fragoso en algunas partes, que parecia una escalera desmoronada. Tal era Zahara, que por su situacion y fuerza parecia podia burlarse de cuantas tentativas se hiciesen para tomarla; y esto se tenia por tan cierto, que di? motivo ? que ? las mugeres de una virtud severa ? inaccesibles las llamasen Zahare?as. Pero ni la plaza mas fuerte, ni la virtud mas austera, dejan de tener algun lado d?bil, por lo que han menester la mayor vigilancia para guardarse. Est?n, pues, sobre aviso las damas y los guerreros, y escarmienten con la suerte de Zahara.

En el a?o de 1481, y pocos dias despues de la natividad de Nuestro Se?or, di? Muley Aben Hazen el famoso asalto de la villa de Zahara. Los moradores de ella yacian en el mas profundo sue?o, y hasta el centinela habia abandonado su puesto, para ponerse al abrigo de una tempestad tan brava, que habia durado tres noches consecutivas. En tal trastorno de los elementos ?qui?n habia de pensar que campease un enemigo? Empero el feroz Aben Hazen hall? ser esta la ocasion mas oportuna para la ejecucion de sus designios. En el silencio de la noche se oy? repentinamente dentro de los muros de Zahara, un alboroto y vocer?a mil veces mas temible que el bramido de la tempestad; y el grito de "?al arma! ?al arma! ?el moro! ?el moro!" reson? por las calles de la villa, mezclado con el estruendo de las armas, los lamentos de los moribundos y la algazara de los vencedores. Habia salido de Granada Muley Aben Hazen ? la cabeza de una fuerza considerable, y atravesando aceleradamente las monta?as, lleg? ? favor de la oscuridad de aquella noche tempestuosa, hasta el pi? de la fortaleza, y arrimando las escalas la entr? sin ser visto, apoder?ndose del castillo y del lugar. Los moradores, que no se recelaban del menor peligro, despertaron cuando tenian ya la guerra y la muerte dentro de casa, y atemorizados huian, figur?ndose que los esp?ritus infernales venidos sobre las alas del viento, se habian apoderado de sus torres y baluartes. El grito de la guerra se oia por todas partes, en las calles de la villa y en las almenas del castillo; todo lo ocupaba el enemigo, y aunque envuelto en tinieblas, obraba de concierto ? favor de se?ales convenidas. Los soldados de la guarnicion, saliendo atropelladamente de sus cuarteles, corrian desordenados por las calles sin acertar ? reunirse, y sin saber ? quien herir: entre tanto la cruel cimitarra, esparciendo el terror y la muerte, interceptaba ? los fugitivos, y sacrificaba ? cuantos ofrecian la menor resistencia.

En breve ces? la lucha y con ella el estr?pito de las armas; y ya solo se oian los silvidos del temporal que corria, y de cuando en cuando las voces de la soldadesca mora, ocupada en el saqueo, cuando reson? una trompeta por toda la villa, intimando ? los habitantes que se reuniesen en la plaza. Aqui, rodeados de una guardia fuerte, permanecieron hasta la madrugada; y al amanecer era cosa que movia ? compasion ver una poblacion poco antes tan feliz, y que ayer se habia retirado al descanso de sus lechos con seguridad y confianza, hacinados hoy en aquel sitio estrecho sin distincion de edad, calidad ni sexo, y expuestos ? todo el rigor de un cielo proceloso. Sordo ? los ruegos y clamores de estos infelices, mand? el feroz Aben Hazen que llevasen ? todos cautivos ? Granada. Dejando una fuerte guarnicion en el pueblo y en el castillo, con ?rden de poner ? entrambos en buen estado de defensa, regres? Muley ? su capital, ufano de su victoria, cargado de despojos, y llevando consigo los pendones y banderas de Zahara.

Se estaba disponiendo en Granada la celebracion de este triunfo con fiestas y torneos, cuando llegaron los cautivos de Zahara. Estos infelices, rendidos de fatiga, y con la desesperacion retratada en sus p?lidos semblantes, venian conducidos por un destacamento de soldados; y mezclados hombres, mugeres y ni?os, fueron metidos ? manera de ganado por las puertas de la ciudad. Grande fue la indignacion de los habitantes al presenciar esta cruel escena. Los ancianos, que tenian experiencia de las calamidades de la guerra, pronosticaron mil males venideros; y las t?midas madres estrecharon ? sus hijos contra su seno al mirar el desconsuelo de las de Zahara, con los suyos espirando entre sus brazos. Por todas partes se oian los acentos de la piedad; y la l?stima que inspiraban estos desgraciados, iba acompa?ada de imprecaciones contra el Rey, por su b?rbaro proceder. Las prevenciones para las fiestas se abandonaron, y las viandas que estaban destinadas para el regalo de los vencedores, se repartieron entre los vencidos.

No por eso dejaron los nobles y los alfaqu?s de acudir ? la Alhambra para felicitar al Soberano; pero al tiempo que se tributaba al pi? del trono el incienso de la adulacion, sali? de en medio de la turba de cortesanos una voz, que cual trueno asalt? los oidos del at?nito Aben Hazen. "?Ay! ?Ay! ?Ay de Granada!" decia aquella voz: "la hora de tu desolacion se acerca: las ruinas de Zahara caer?n sobre nuestras cabezas, y nuestro imperio en Espa?a se acabar? para siempre." Aterrados quedaron todos al oir al denunciador de tantos males, y se retiraron dej?ndole solo en medio del salon. Era un anciano vestido en h?bito de Derv?s, ? quien la nieve de las canas no habia apagado el fuego de su esp?ritu, que centelleaba en sus encendidos ojos: era, como dicen los historiadores ?rabes, un Santon, uno de aquellos que pasando la vida en la oracion y la soledad, alcanzan ? fuerza de ayunos y penitencias el don de la profec?a. La voz del Santon reson? por los salones de la Alhambra, imponiendo silencio y causando temor ? todos los presentes. Solo Muley Aben Hazen le oy? sin inmutarse; y mir?ndole con desprecio, le trat? de viejo demente, cuyas predicciones no eran mas que delirios de una imaginacion descarriada. Sali?ndose de la presencia real, baj? el Santon ? la ciudad y la recorri? toda con ademanes fren?ticos, dando voces, y repitiendo en todas partes el fatal vaticinio. "La tregua se quebrant?, decia, y desde hoy comienza una guerra exterminadora. ?Ay! ?ay! ?ay de t? Granada! la desolacion reinar? en tus palacios; tus fuertes defensores caer?n bajo la espada del enemigo, y tus hijos y tus hijas gemir?n en la esclavitud. Zahara no es mas que el tipo de Granada."

El pueblo que esto escuchaba se llen? de espanto, pareci?ndole que eran inspiraciones prof?ticas los desvar?os del Santon. Encerr?banse los unos en sus casas como en tiempo de luto, y los otros se reunian en corrillos por las calles y las plazas, alarm?ndose m?tuamente con los mas tristes presentimientos, y maldiciendo el arrojo y barbarie del temerario Aben Hazen.

El Monarca moro cerr? los oidos al descontento general; y conociendo que su conducta debia acarrearle la venganza de los cristianos, se declar? abiertamente, ? hizo un esfuerzo para sorprender ? Castellar y ? Olvera; pero sin lograr su intento. Envi? asimismo alfaqu?s ? los estados berberiscos, anunci?ndoles que la espada estaba desembainada, y solicitando su auxilio para mantener contra la violencia de los infieles al reino de Granada y ? la religion de Mahoma.

Grande fue la indignacion del Rey Fernando, cuando lleg? ? saber que los moros habian entrado en Zahara de rebato; sinti?ndolo tanto mas, cuanto se habia propuesto ser el primero ? romper esta guerra famosa, se?alando sus principios con alguna haza?a; y como se preciaba de una pol?tica profunda, le pes? sobre manera que su contrario se le hubiese anticipado. Expidi?, pues, sus ?rdenes inmediatamente ? todos los adelantados y alcaides de la frontera, para que guardasen con la mayor vigilancia sus respectivos puestos, y estuviesen prevenidos para entrar ? sangre y fuego por las tierras de los moros; al paso que despach? ? religiosos de diversas ?rdenes, para que animasen ? los caballeros de la Cristiandad ? tomar parte en esta Cruzada contra infieles.

Entre los muchos buenos caballeros que se reunieron alrededor del trono de Fernando ? Isabel, uno de los mas eminentes por su gerarqu?a y renombre en las armas, era don Rodrigo Ponce de Leon, marqu?s de C?diz, de quien ser? justo dar una noticia particular, puesto que fue el caudillo principal de esta famosa guerra, y se hall? en casi todas sus empresas y acciones. Naci?, pues, don Rodrigo en 1443, del esclarecido linage de los Ponces, y ya desde su primera juventud se habia distinguido en el campo del honor. Era de mediana estatura, su cuerpo robusto y capaz de mucho esfuerzo y fatiga: su barba y cabellos eran rojos y crespos, el rostro ing?nuo y noble, y algo picado de viruelas. Era valiente, piadoso y muy moderado en sus costumbres: benigno y justiciero con sus inferiores, cort?s y franco con sus iguales. Era afecto y fiel ? sus amigos, feroz y terrible, pero magn?nimo, con sus enemigos. Se le consideraba como el espejo de la caballer?a de su tiempo, y los historiadores coet?neos le comparaban con el inmortal Cid.

Tenia el marqu?s de C?diz posesiones muy dilatadas en las partes mas f?rtiles de la Andaluc?a; y puesto ? la cabeza de sus deudos y vasallos, podia salir al campo con un ej?rcito. Apenas recibi? las ?rdenes del Rey, cuando ya ardia en deseos de hacer una entrada repentina en el reino de Granada, para se?alar los principios de la guerra con una accion brillante, y consolar ? los Soberanos por el insulto recibido en la toma de Zahara. Como sus estados confinaban con el territorio de los moros, que solian hacer en aquellos frecuentes correr?as, tenia siempre ? su servicio muchos adalides y esp?as, de los cuales algunos eran moros fugitivos. Despach? ? ?stos en todas direcciones para que observasen los movimientos del enemigo, y le tragesen noticias importantes ? la seguridad de la frontera. Estando en su pueblo de Marchena, se le present? uno de sus esp?as, d?ndole aviso de que la villa de Alhama, que era de los moros, se hallaba con una guarnicion muy escasa, y tan mal guardada, que seria f?cil tomarla por asalto.

Era Alhama una plaza bastante grande, de mucha poblacion, y rica, que distaba pocas leguas de Granada: tenia su asiento en una altura entre pe?ascos, y rode?bala casi enteramente un rio, al paso que la defendia una fortaleza, ? que no se podia subir sino por un camino muy fragoso y escarpado. Por ser tan fuerte el sitio, y en el centro del reino, vivian sus moradores sin el recelo de ser acometidos, dando asi lugar ? la empresa que contra ellos se dispuso.

Para cerciorarse del estado de la fortaleza, envi? el Marqu?s ? reconocerla un soldado veterano, de quien tenia la mayor confianza, que se llamaba Ortega de Prado, hombre arrestado, de s?til ingenio, muy activo, y capitan de escaladores. Lleg? Ortega ? Alhama una noche oscura, y con silencio y precaucion fue recorriendo sus muros, aplicando de cuando en cuando el oido al suelo ? ? la muralla. Pudo asi sentir ya el paso mesurado del centinela, ? ya la voz de la patrulla, que daba ? aquel la contrase?a: conociendo que en la plaza habia vigilancia, se dirigi? al castillo, y lleg? trepando hasta el pi? de las almenas: alli todo era silencio, y en toda la extension del baluarte ningun centinela se veia. H?zose cargo de ciertos parages por donde mas f?cilmente podria subirse al muro con escalas, observ? la hora de relevar la guardia, y habiendo tomado las demas se?as que le hacian al caso, se retir? sin ser descubierto.

Ortega, vuelto ? Marchena, asegur? al Marqu?s que era muy practicable el sorprender ? Alhama, escalando los muros del castillo. Trat? el Marqu?s este negocio secretamente con don Pedro Enriquez, adelantado de Andaluc?a, con don Diego de Merlo, asistente de Sevilla, y con Sancho de ?vila, alcaide de Carmona, los cuales prometieron ayudarle con sus gentes; y el dia se?alado se reunieron en Marchena con buen n?mero de soldados y vasallos. Solamente los gefes sabian el objeto y destino de esta expedicion; pero para inflamar el esp?ritu de los andaluces, bastaba indicarles que se trataba de una incursion en las tierras de los moros, sus antiguos enemigos. El secreto y la prontitud, eran indispensables al buen ?xito de la empresa. Partieron, pues, ? toda prisa con tres mil caballos y cuatro mil infantes, y pasando por Antequera, camino poco transitado, atravesaron con algun trabajo los puertos y desfiladeros de la sierra llamada del Arracife, dejando el bagage ? las orillas del rio Yeguas. La marcha era principalmente de noche; de dia permanecian ocultos, y en su acampamento no se permitia el menor ruido, ni se encendia fuego, porque no les descubriese el humo. La tarde del tercer dia volvieron ? ponerse en marcha, y habiendo caminado con toda la diligencia, que permitia un terreno tan fragoso, llegaron ? media noche ? un hondo valle, distante media legua de Alhama.

Aqui fue donde manifest? el Marqu?s ? sus soldados el intento que traia. D?joles, que se trataba de dar nueva gloria ? la santa ley que profesaban, y de vengar con las armas el agravio recibido en Zahara, acometiendo ? Alhama, pueblo rico que ofrecia grandes despojos. Anim?ronse los soldados con esta exhortacion, y pidieron que al punto se les llevase al asalto. Llegaron junto ? Alhama dos horas antes de amanecer, y poni?ndose en emboscada, despacharon trescientos hombres escogidos ? intr?pidos, para escalar los muros, y apoderarse del castillo. ? la cabeza de estos valientes iba Ortega de Prado, que llevaba consigo treinta hombres con escalas. Favorecidos de la oscuridad de la noche, y guardando el mayor silencio, fueron subiendo h?cia el castillo: llegaron al pi? de la muralla, donde se detuvieron un instante para asegurarse de que no se les habia sentido; pero viendo que todos yacian en el mas profundo reposo, y que nadie rebullia, aplicaron las escalas y subieron ? las almenas.

El primero que entr? en la fortaleza fue Ortega, y ? ?ste sigui? Martin Galindo, j?ven muy alentado y deseoso de ganar fama. Acerc?ronse los dos cautelosamente ? la puerta de la ciudadela, y ech?ndose sobre el centinela, le pusieron un pu?al al pecho, intim?ndole que les se?alase el cuerpo de guardia. Obedeci? el infiel ? quien despacharon en seguida, para impedir que alarmase ? la guarnicion. En el cuerpo de guardia empez? no el combate, sino mas bien el deg?ello, pues mataron durmiendo ? muchos de los soldados, y ? los demas los arrollaron sin resistencia: pero ? ninguno perdonaron; porque siendo en tan corto n?mero los escaladores, no podian hacer prisioneros. En breve cundi? la alarma por la guarnicion, despertaron los moros y acudieron ? las armas, cuando ya los trescientos escogidos se habian apoderado de los baluartes; mas no por eso dejaron aquellos de pelear con obstinacion, defendiendo el terreno ? palmos, y reg?ndolo con su sangre. Entre tanto resonaban en todo el castillo el estruendo de las armas, el grito de los combatientes, y los gemidos de los moribundos. El ej?rcito que habia quedado en emboscada, conociendo por este alboroto que los suyos habian logrado sorprender la fortaleza, salieron de su celada, y se llegaron ? las murallas con grande algazara, haciendo sonar timbales y trompetas para aumentar la confusion y el espanto de los moros. Entonces fue cuando se trab? con mas encarnizamiento la pelea; pues habiendo llegado los escaladores hasta la plaza del castillo, porfiaban por abrir las puertas para admitir ? sus compa?eros. Aqui sucumbieron dos valientes alcaides, Nicol?s de Rioja, y Sancho de ?vila, pero murieron honrosamente, cayendo sobre un monton de muertos. Al fin consigui? Ortega abrir un postigo que daba al campo, por donde entraron con toda su gente el marqu?s de C?diz, y el adelantado de Andaluc?a y don Diego de Merlo: y asi qued? enteramente en poder de los cristianos la ciudadela.

Sucedi? en esta ocasion, que estando el marqu?s de C?diz discurriendo con otros caballeros, por las estancias de aquella fortaleza, lleg? ? un aposento muy bien alhajado y superior ? los demas, donde ? la luz de una l?mpara de plata vi? una hermos?sima mora, que era la muger del alcaide, que se hallaba ? la sazon ausente, habiendo ido ? unas bodas en Velez-m?laga. ? la vista de un guerrero cristiano quiso ella huir atemorizada; pero enred?ndosele los pies en la ropa de la cama, cay? ? los del Marqu?s, implorando su piedad y proteccion. El cristiano caballero, en cuyo noble pecho rebosaban los sentimientos de honor y cortes?a para el sexo, alz? del suelo ? la bella mora, y procur? calmar sus temores: pero en el punto mismo se aument? ? aquella el susto, viendo entrar corriendo en su aposento ? sus doncellas, perseguidas por los soldados espa?oles. Reprendi? ? ?stos el Marqu?s por una conducta tan indigna, record?ndoles, que alli habian venido para hacer la guerra ? los hombres, y no ? mugeres indefensas; y volvi?ndose ? las temerosas moras, les asegur? su proteccion, y puso una guardia competente para velar sobre su seguridad.

Ya los cristianos eran due?os del castillo, pero no de la villa, cuyos habitantes se dispusieron ? defender vigorosamente sus hogares; pues habiendo amanecido, pudieron reconocer y apreciar el n?mero y fuerzas del enemigo. Aunque la poblacion se componia principalmente de mercaderes y artesanos, eran diestros en el uso de las armas, y los animaba un esp?ritu guerrero y la esperanza de ser en breve socorridos desde Granada, que distaba solamente ocho leguas. Coronando sus torres y almenas, las defendieron contra el ej?rcito cristiano, que habia quedado fuera, descargando sobre ?l una lluvia de piedras y saetas cada vez que intentaba acercarse: barrearon las bocascalles que daban al castillo, y habiendo colocado en ellas suficiente n?mero de diestros ballesteros y arcabuceros, mantenian un fuego continuo contra la puerta del castillo; de suerte que mataban ? herian ? cuantos pretendian salir por ella. Dos valientes caballeros que con alguna gente quisieron hacer una salida, pagaron ? la puerta misma este arrojo con sus vidas.

La situacion de los espa?oles iba haci?ndose ya muy peligrosa, pues no podia tardar en llegar el socorro de Granada; y si en el discurso del dia no se apoderaban de la plaza, podrian verse cercados y bloqueados por un ej?rcito, y casi sin v?veres para su manutencion. Discurrian algunos, que aun cuando llegasen ? hacerse due?os del lugar, no podrian subsistir en ?l; por lo que aconsejaban que se hiciese botin de todo lo mejor que habia, y que despues de derribar y quemar el castillo, emprendiesen la retirada sobre Sevilla. No era de este parecer el marqu?s de C?diz. "Dios, dijo, ha puesto en nuestras manos esta fortaleza: ?l sin duda nos dar? fuerzas para conservarla: con trabajo y sangre la hemos ganado, y seria mengua de nuestro honor el abandonarla por el temor de peligros imaginarios." Del mismo modo opinaban el adelantado y don Diego de Merlo, cuyas exhortaciones impidieron que se abandonase la fortaleza: tal era el cansancio de los soldados por tan largas marchas y el continuo pelear, junto con el temor que tenian de la venida de los moros de Granada.

Entre tanto, restauradas en parte las fuerzas de los soldados de fuera con algunas raciones que se les repartieron, avanzaron al asalto de la plaza, y peleando desesperadamente con la morisma que la defendia, arrimaron las escalas y subieron ? la muralla. El marqu?s de C?diz por su parte, viendo que la puerta del castillo estaba completamente dominada por la artiller?a del enemigo, mand? abrir una brecha en la muralla, para que por ella pudiesen salir los suyos ? acometer la villa. Efectuada la brecha sali? acaudillando su tropa, y anim?ndola con la promesa de que se le daria el pueblo ? saco, y que los habitantes quedarian cautivos. Con esta seguridad se arrojaron los soldados al asalto de la plaza, acometi?ndola simult?neamente por diversas partes, por las puertas, por las murallas, y aun por los tejados de las casas que unian al castillo con el pueblo. Los moros pelearon valerosamente por las calles y desde las ventanas de sus casas: eran inferiores ? los cristianos en el esfuerzo, por razon de su g?nero de vida que era sedentaria ? industriosa, y por estar enervados con el uso frecuente de ba?os calientes; pero se aventajaban en el n?mero; y en defensa de sus hogares, el amor p?trio y la desesperacion inspiraban nuevos brios asi ? los viejos como ? los j?venes, asi ? los flacos como ? los fuertes. Ni los lamentos de sus esposas ? hijos, ni las heridas, ni la muerte de los suyos, fueron parte para que desmayasen en una contienda en que se trataba de su libertad, de su hacienda y de sus vidas; ? lo que se a?adia la esperanza que les animaba, del socorro que por momentos debia llegarles de Granada. Los cristianos por su parte, peleaban por la gloria, por la justa venganza y por la religion. La victoria les aseguraba un botin inmenso; su vencimiento los entregaba en manos del tirano de Granada.

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