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Read Ebook: Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) by Irving Washington Montgomery G W George Washington Translator

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Ebook has 401 lines and 58458 words, and 9 pages

Entre tanto, restauradas en parte las fuerzas de los soldados de fuera con algunas raciones que se les repartieron, avanzaron al asalto de la plaza, y peleando desesperadamente con la morisma que la defendia, arrimaron las escalas y subieron ? la muralla. El marqu?s de C?diz por su parte, viendo que la puerta del castillo estaba completamente dominada por la artiller?a del enemigo, mand? abrir una brecha en la muralla, para que por ella pudiesen salir los suyos ? acometer la villa. Efectuada la brecha sali? acaudillando su tropa, y anim?ndola con la promesa de que se le daria el pueblo ? saco, y que los habitantes quedarian cautivos. Con esta seguridad se arrojaron los soldados al asalto de la plaza, acometi?ndola simult?neamente por diversas partes, por las puertas, por las murallas, y aun por los tejados de las casas que unian al castillo con el pueblo. Los moros pelearon valerosamente por las calles y desde las ventanas de sus casas: eran inferiores ? los cristianos en el esfuerzo, por razon de su g?nero de vida que era sedentaria ? industriosa, y por estar enervados con el uso frecuente de ba?os calientes; pero se aventajaban en el n?mero; y en defensa de sus hogares, el amor p?trio y la desesperacion inspiraban nuevos brios asi ? los viejos como ? los j?venes, asi ? los flacos como ? los fuertes. Ni los lamentos de sus esposas ? hijos, ni las heridas, ni la muerte de los suyos, fueron parte para que desmayasen en una contienda en que se trataba de su libertad, de su hacienda y de sus vidas; ? lo que se a?adia la esperanza que les animaba, del socorro que por momentos debia llegarles de Granada. Los cristianos por su parte, peleaban por la gloria, por la justa venganza y por la religion. La victoria les aseguraba un botin inmenso; su vencimiento los entregaba en manos del tirano de Granada.

En todo el dia no ces? el combate; pero ? la noche empezaron ? desmayar los moros; y se recogieron ? una mezquita, desde donde con dardos, arcabuces y ballestas, hicieron tanto da?o en los fieles, que les obligaron ? detener el paso. Por ?ltimo cubri?ndose con manteletes y broqueles, pudieron los cristianos llegar ? la mezquita, ? incendiaron sus puertas. Los moros al ver entrar el humo y subir las llamas, perdieron de todo punto las esperanzas, y los mas de ellos se dieron ? partido: otros salieron contra el enemigo, vendiendo sus vidas lo mas caro que les fue posible.

Especie de parapeto movible, hecho de tablones, con que se defendian los soldados cuando iban ? escalar una muralla.

Terminada ya esta sangrienta lucha, qued? Alhama por los cristianos: sus habitantes fueron hechos esclavos asi hombres como mugeres; y aunque varios lograron escapar por una mina que salia al rio, y estuvieron algunos dias ocultos en cuevas y parages secretos, al fin la hambre los forz? ? entregarse ? los vencedores. Concedi?se ? los soldados el saqueo del pueblo, y les vali? un botin inmenso. Hallaron cantidades enormes de oro y plata, alhajas, sedas y preciosas telas, con mucho ganado, granos, aceite, miel y otros muchos productos, que rendia esta region feliz; pues en Alhama se recaudaban las rentas reales y el tributo de aquella comarca. Era el pueblo mas rico del reino, y por su fuerza y situacion particular, se llamaba la llave de Granada. La devastacion y estrago que hizo la soldadesca espa?ola seria incalculable; pues creyendo como imposible mantenerse en posesion de su conquista, trataron de inutilizar cuanto no pudiesen llevar consigo. Hicieron pedazos grandes tinajas de aceite, destrozaron riqu?simos muebles, y aportillando los p?sitos de granos, esparcieron al viento sus tesoros. Hallaron en las mazmorras de la plaza algunos cristianos, que habian sido cautivados en Zahara, ? los cuales sacaron en triunfo ? respirar el aire libre; y ? un espa?ol renegado, que habia servido de esp?a ? los moros en sus correr?as por las tierras de los cristianos, le ahorcaron desde los adarves para que ? todo el ej?rcito sirviese de ejemplo este castigo.

No tard? en llegar ? Granada la infausta noticia de la toma de Alhama. Tr?jola un ginete moro, que habia venido corriendo la vega ? rienda suelta, sin aflojar en su carrera hasta llegar ? las puertas de la Alhambra y ? la presencia del Monarca. "Los cristianos, dijo, est?n en la tierra: vinieron sobre nosotros de improviso, y de noche escalaron los muros del castillo. Mucho se ha peleado, grande ha sido la mortandad, pero ? mi salida de Alhama, ya la ciudadela quedaba en poder de los infieles."

Confuso qued? Aben Hazen con la nueva de este suceso, pareci?ndole que ya el cielo le castigaba por los males que habia causado en Zahara. No obstante, lleg? ? persuadirse que esto seria una incursion pasagera de algunos forrageadores, ? quienes seria f?cil echar del castillo y de la tierra, enviando prontamente ? Alhama algun socorro. Con esta confianza, mand? que salieran al punto para socorrer ? aquella plaza mil ginetes, lo mejor de su caballer?a, los cuales llegaron ? la vista de Alhama la ma?ana despues del dia de su rendicion, y cuando ya el pendon cristiano tremolaba sobre sus muros y baluartes.

Viendo esto los moros, y que salia de la plaza ? recibirlos un cuerpo numeroso de caballer?a, volvieron las riendas ? sus caballos y tomaron ? mas andar el camino de Granada, donde entraron de tropel, difundiendo con la noticia que traian el dolor y la consternacion. "Alhama cay?, decian, Alhama cay?: el cristiano se apoder? de sus fuertes torres: la llave de Granada est? en manos del enemigo."

Al oir estas palabras y acord?ndose de los males pronosticados por el Santon, se alarmaron los granadinos, pareci?ndoles que habia llegado ya el cumplimiento de su fatal vaticinio, y en toda la ciudad no se oia sino quejas y lamentos. "?Ay de m?, Alhama!" decian; y esta exclamacion, tantas veces repetida, sirvi? de asunto ? un romance que se compuso con este motivo, y se ha conservado hasta nuestros dias. Conmovido asi el pueblo, se dirigi? ? la Alhambra, y llegando algunos ? la presencia del Monarca, manifestaron su sentimiento pla?endo y mes?ndose los cabellos. "Mal haya el dia, le dijeron, en que encendiste las llamas de la guerra en nuestra tierra. El santo profeta nos sea testigo ante Al? que nosotros y nuestros hijos somos inocentes de este hecho. Sobre tu cabeza y sobre la cabeza de tus descendientes, hasta la fin del mundo, sea el pecado de la desolacion de Zahara".

Garibay, lib. XL. c. 29.

En vista de la tempestad que le amenazaba, se apresur? Muley Aben Hazen ? poner en tan inesperado mal el remedio que estuviese ? su alcance. Sabia que los captores de Alhama eran pocos, y que escaseaban de municiones de guerra, de mantenimientos, y de otros requisitos para resistir un sitio. Haciendo un movimiento r?pido, se lisongeaba de envolverlos con un ej?rcito poderoso, y cort?ndoles toda comunicacion, cogerlos prisioneros en la misma fortaleza que le habian arrebatado. Pensar y obrar, todo era uno con Muley Aben Hazen. Sali?, pues, en persona con tres mil caballos y cincuenta mil infantes, pero sin llevar consigo artiller?a ni ninguno de los demas ingenios que entonces se usaban en los asedios: tanta era la confianza que tenia en la muchedumbre de sus fuerzas.

Entre tanto caminaba tambien con direccion ? Alhama, don Alonso de C?rdoba, se?or de la casa de Aguilar, el amigo fiel y compa?ero de armas del marqu?s de C?diz. Era don Alonso de los primeros entre los nobles de Castilla, y hermano de don Gonzalo de C?rdoba, el mismo que despues vino ? ser tan c?lebre, y que gan? en la guerra el renombre de gran capitan; pero entonces constituia don Alonso la gloria y honor de su linage, pues su hermano era todavia j?ven en las armas. Su valor natural y un esp?ritu caballeresco que le animaba, le hacian arrostrar gustoso los peligros de toda empresa honrosa y arriesgada. Teniendo pues noticia en ocasion que se hallaba ausente, de la incursion que habia hecho el marqu?s de C?diz en el territorio de los moros, se apresur? ? reunirse con ?l para participar, si por ventura aun fuese tiempo, en las glorias de esta expedicion; y juntando sus soldados y vasallos, se puso en marcha para Alhama. Llegado al rio Yeguas, hall? en sus orillas el bagage del ej?rcito del marqu?s, y cargando con ?l, prosigui? su marcha. Hall?base don Alonso ? muy corta distancia de Alhama, cuando al marqu?s de C?diz le lleg? la noticia de su venida, y casi al mismo tiempo el aviso que le trageron sus esp?as, de que el Rey moro venia contra ellos con un ej?rcito poderoso. Olvidando su propio peligro, y temiendo cayese don Alonso en manos del enemigo, despach? el marqu?s con toda diligencia un mensagero bien montado, para que le advirtiese del riesgo que corria, y le impidiese pasar adelante.

En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ej?rcito moro antes que pudiese entrar en la plaza, trat? de tomar una posicion fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habi?ndosele representado ser una temeridad el oponerse con un pu?ado de hombres ? un ej?rcito numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por eso prevaleci? la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron unos esp?as anunciando ? don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso de sus movimientos, venia r?pidamente en su busca. No quedando, pues, en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo ? la seguridad de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y pesaroso emprendi? la retirada sobre Antequera. Sigui? Muley en su alcance alguna distancia, pero cans?ndose de perseguirle, revolvi? con su ej?rcito contra Alhama.

Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo cubierto de cad?veres, que habian sido arrojados alli sin enterrar, y que servian de pasto ? una manada de perros que los estaban devorando. Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compa?eros que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por tama?o ultrage, y ech?ndose sobre aquellos inmundos animales, los despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin ?rden ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.

Pulgar, Cr?nica.

El marqu?s de C?diz y sus capitanes, se apercibieron para la defensa, y distribuidos por la muralla, animaban ? sus gentes que descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos y cuanto pudieron haber ? las manos, hicieron en ellos un estrago enorme. Ciegos de c?lera los moros, intentaban ? veces subir ? la muralla por los parages mas dificultosos; pero ? proporcion que subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves, ? trastorn?ndoles las escalas, los precipitaban contra las pe?as. ? la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley, enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.

La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer ? Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los correspondientes ingenios de batir. Trat? pues, de minar la muralla, y di? sus ?rdenes al efecto. Avanzaron los moros ? la empresa con grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron varias veces ? la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran p?rdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho da?o del enemigo. Ve?anse al pi? de la muralla montones de moros muertos, y entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Dur? la contienda todo aquel dia, y ? la noche lleg? ? dos mil hombres el n?mero de moros muertos ? heridos.

Perdida ya toda esperanza de tomar ? Alhama por asalto, determin? Muley obligarla ? la rendicion por la falta de agua. ? este intento dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama "la seca."

Fue sangriento y porfiado el debate que se sigui? ? las orillas del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los capitanes espa?oles animaban ? los suyos con el ejemplo, haci?ndoles volver ? la pelea cada vez que el enemigo les forzaba ? recogerse al pueblo. Al marqu?s de C?diz se le veia hasta las rodillas en el agua, peleando mano ? mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y embarazado con los cad?veres de los muertos. Por ?ltimo consiguieron los moros rechazar ? los cristianos y torcieron la corriente. Pero quedando todavia un hilo de agua, y forzados ? aprovechar aun esta corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba otra de sangre.

Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron ? verse reducidos al ?ltimo extremo. Los hombres y los caballos caian muertos de sed: muchos se negaban ? hacer el servicio, y desesperados ? faltos de fuerzas, arrojaban las armas. ? esto se a?adia que los moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto, se apresuraron los caudillos ? enviar mensageros ? C?rdoba y ? Sevilla, suplicando ? los caballeros de Andaluc?a que les acudiesen al socorro. Enviaron asimismo ? implorar el favor del Rey y de la Reina, que ? la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion tan cr?tica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua, que sirvi? provisionalmente de remedio ? sus trabajos.

La situacion peligrosa de los caballeros ? quienes Muley Aben Hazen tenia cercados y encerrados en Alhama, llen? de temor ? sus amigos, y de consternacion ? toda la Andaluc?a. Pero el sentimiento mayor era el que mostraba la marquesa de C?diz, esposa del valiente don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de su marido, volvi? la vista en derredor, buscando algun caballero poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y ninguno hall? mas ? prop?sito que don Juan de Guzman, duque de Medina Sidonia. Distingu?ase este se?or entre todos los grandes de Espa?a, por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en Andaluc?a, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que le reconocian y obedecian como ? un soberano. Pero el duque de Medina Sidonia y el marqu?s de C?diz eran ? la sazon enemigos declarados. Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues todavia el poder de la corona, no habia podido despojar ? aquellos orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse m?tuamente la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que ? cualquiera hubiera debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de Medina Sidonia; pero juzgaba esta se?ora de la condicion del duque por la nobleza de los sentimientos que ? ella misma la animaban. Apelando, pues, ? la generosidad de tan cort?s y valiente caballero, implor? su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni fue vana su confianza; pues apenas oy? el duque los ruegos de la esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determin? ir en persona ? socorrerle.

? este fin hizo circular una ?rden ? todos los alcaides de sus pueblos y castillos, para que ? la mayor brevedad se reunieran en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas guarniciones: convoc? ? los caballeros de Andaluc?a, represent?ndoles que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la caballer?a espa?ola; y ? los que le siguiesen como voluntarios, ofreci? paga generosa, armas, caballos y subsistencia.

Asi es que todos aquellos ? quienes podian estimular el honor, la religion, el patriotismo ? la codicia, acudieron al estandarte del duque, que en breve se hall? al frente de cinco mil caballos y cincuenta mil infantes. Muchos caballeros de nombrad?a le acompa?aron en esta empresa: entre otros el intr?pido don Alonso de Aguilar, con su hermano don Gonzalo de C?rdoba, despues tan c?lebre por sus haza?as; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente con Martin Alonso de Montemayor, y el marqu?s de Villena; tenido por la mejor lanza de Espa?a. Con tan brillante y numerosa hueste, y rodeado de todo el aparato de la guerra, sali? de Sevilla el duque de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad famosa.

Cr?nica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de Medina. M. S.

Illescas, Hist. Pontifical.

Pulgar, Cr?nica, p. 3 c. 3.

Teniendo aviso en C?rdoba que el duque de Medina Sidonia estaba ya muy adentro en el territorio enemigo, prosigui? su marcha sin descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar en persona el socorro ? los cercados, envi? delante un correo para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada. Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se aventuraba el ?xito de la empresa, por la gran necesidad en que se hallaba la guarnicion de Alhama, escribi? ? su soberano de acuerdo con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibi? el Rey esta carta en Ponton del Maestre, y haci?ndose cargo de las razones del duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan pocos caballeros como le seguian, determin? esperar noticias del ej?rcito en la ciudad de Antequera.

Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoci? que era ya preciso hacer el ?ltimo esfuerzo, y recobrar ? Alhama por un asalto general y vigoroso, ? abandonarla ? los cristianos. Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros j?venes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se dirigieron estos pocos h?cia la villa, la ma?ana del dia siguiente al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron ? la muralla, que elev?ndose sobre las pe?as en que estaba sentada, parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron las escalas, y lograron subir ? las almenas sin que nadie lo notase, porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer ? los cercados, orden? una zalagarda, y fingi? un asalto por otra parte. Con este ardid llegaron ? introducirse en la villa hasta setenta moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos empezaba ? escalar la muralla un n?mero mayor, cuando advertidos del peligro corrieron los espa?oles ? las almenas para contener al enemigo. Trab?se alli una contienda encarnizada, y hombre ? hombre y cuerpo ? cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha p?rdida de ambas partes; bien que no tardaron estos ?ltimos en ganar el ascendiente, pues desprendi?ndose las escalas con el peso de la gente que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron rodando sus cuerpos de pe?a en pe?a hasta la llanura: ? los demas que habian ganado lo alto del muro, los llevaron ? cuchillo, y muertos ? heridos los arrojaron por los adarves. Debi?se en gran manera este buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este del marqu?s de C?diz.

Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya ? las puertas para abrirlas al ej?rcito. La muerte iba guiando sus pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas, y por los cad?veres de los que inmolaban de camino. Llegaron ? una de las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia postrados ? la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un momento mas que tard?ran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Vi?ronse entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto forman un c?rculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el centro, presentan animosamente los pechos ? sus contrarios. De esta suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion form?ndose en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia su n?mero, estrechaban mas y mas el c?rculo, defendiendo con inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas, pereci? el ?ltimo moro abrazado con el asta de su estandarte. Este estandarte se despleg? en seguida sobre la muralla, y las cabezas de los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.

Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su dolor. Para mayor confusion suya, se le avis? que desde las alturas se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ej?rcito cristiano, que venia ? socorrer ? Alhama. Cediendo pues al rigor de su fortuna, alz? Muley el sitio, movi? el campo sin tardanza, y al tiempo que se oian los ?ltimos acentos de los a?afiles del ej?rcito moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se vieron desembocar por las monta?as las espesas columnas del duque de Medinasidonia.

Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte ? sus enemigos, y avanzar por otra ? sus libertadores, prorrumpieron en gritos de alegr?a; pues se les volvia ? la vida en el punto mismo en que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos. La escena que pas? entre el duque de Medinasidonia y el marqu?s de C?diz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir ? su magn?nimo libertador, se le asomaron al Marqu?s las l?grimas ? los ojos, y lleno de admiracion y reconocimiento, le estrech? entre sus brazos. El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le correspondi? con iguales demostraciones, y le ofreci? generosamente para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.

Mientras esto pasaba con los gefes, se suscit? entre la tropa una contienda s?rdida, sobre la particion de los despojos; pues pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado. De las palabras hubieran llegado ? las armas, ? no intervenir el duque que decidi? la cuestion con su magnanimidad caracter?stica, diciendo ? los suyos: "Qu?dense con los despojos, aquellos ? quien la fortuna se los di?; que nosotros solo hemos tomado las armas por la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea ?ste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro que ser?n vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas de los moros y del reino de Granada." Aplaudieron los soldados las razones de su general, apacigu?ronse los ?nimos, y termin? felizmente aquel tumulto.

Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante esposa del marqu?s de C?diz habia prevenido, se retiraron los veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista ? una parte de las tropas recien venidas, y volvieron ? sus casas cargados de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqu?s de C?diz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron ? Antequera, donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y se?ales particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa del Marqu?s, cuya esposa, agradecida ? la gentileza que habia usado con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos, y se honr? ? tan distinguido hu?sped con un espl?ndido banquete. Cuando parti? el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqu?s acompa?ando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino de Granada, el otro por haber subyugado ? su mayor enemigo por un acto de magnanimidad.

Confuso y pesaroso volvi? Muley Aben Hazen ? su capital, despues de esta expedicion infructuosa, para ser testigo del descontento general y para oir las quejas y acusaciones de su pueblo. El desafecto que se manifestaba en el comun, fermentaba con mas secreto, pero mas peligrosamente entre los nobles. El reinado de Muley habia sido tir?nico y sanguinario; y muchos de los gefes de la tribu de los Abencerrages, la mas ilustre entre los moros, habian sido v?ctimas de su pol?tica ? de su venganza: circunstancias que, unidas ? las disensiones que existian en la familia real, prepararon una conspiracion cuyo objeto era el de desposeerle del trono, y libertar al pueblo de tan opresivo yugo.

Era Aben Hazen apasionado al sexo y tenia muchas mugeres, de las cuales se dejaba dominar alternativamente. Entre ellas habia dos reinas, ? quienes amaba con extremo: la una se llamaba Aixa, ? quien, en obsequio de su honestidad y pureza, dieron los moros el sobre nombre de la "Horra", en ar?bigo la casta. ?sta en su juventud, tuvo de Aben Hazen un hijo, ? quien todos consideraban como el heredero presuntivo del trono, y que se llam? Mahomet Audalla, si bien los historiadores le conocen mas generalmente por el nombre de Boabdil. ? su nacimiento los astr?logos, segun costumbre, formaron su hor?scopo; y el terror y el espanto se apoderaron de sus ?nimos, al notar los fatales portentos que su ciencia les revelaba. La vana ciencia de la astrolog?a judiciaria, era muy comun entre los moros; y la supersticiosa costumbre de sacar hor?scopos, parece haberse observado en el caso que aqui se cita. "?Al? achbar! Dios es grande, exclamaron: ?l es quien pone y quita los imperios: en el cielo est? escrito que este pr?ncipe ocupar? el trono de Granada, pero que en su reinado se consumar? la perdicion del reino." Desde este punto concibi? contra ?l su padre una aversion decidida, y fue tan constante en perseguirle, que por esto y por la prediccion ominosa que le amenazaba, vino Boabdil ? llamarse el "Zogoibi" ? el desgraciado.

La otra reina favorita de Muley, era F?tima, ? quien dieron los moros el t?tulo de la "Zoroya" ? luz del alba, por lo resplandeciente de su hermosura: era cristiana de nacimiento, hija del comendador Sancho Jimenez de Solis, y siendo aun ni?a habia quedado cautiva de los moros. Enamorado el viejo Rey de esta bella espa?ola, la hizo su sultana, y se entreg? enteramente ? su gobierno. El fruto de este amor fueron dos pr?ncipes, ? quienes desde su nacimiento tenia determinado la Zoroya elevar ? la autoridad suprema, por cuantos medios estuviesen ? su alcance; pues la ambicion de F?tima no era menor que su hermosura, y el objeto de sus mas ardientes deseos era el de colocar ? uno de sus hijos sobre el trono de Granada. Para este fin se vali? del ascendiente que tenia sobre el ?nimo cruel de su marido, y haci?ndole entrar en sospechas contra sus demas hijos, ? quienes achacaba los mas siniestros designios, logr? perderlos en el afecto de su padre. Tanto pudieron al fin sus artificios, que mand? Muley dar p?blicamente la muerte ? varios de sus hijos en la fuente de los leones, que est? en el patio de la Alhambra, lugar muy se?alado en la historia de los moros como teatro de tantos hechos sanguinarios.

No satisfecha con esto, pas? ? indisponer al Rey con la virtuosa sultana Aixa, su rival, cuya belleza no era ya la misma que en su juventud primera, ni ofrecia tantos atractivos como antes ? su marido; y por esto no le fue dificil persuadir ? Muley que la repudiase y la encerrase con su hijo en la torre de Com?res, una de las principales de la Alhambra. Por ?ltimo, viendo en Boabdil, que ya iba entrando en la edad viril, un obst?culo ? sus designios, despert? de nuevo en el pecho feroz de su padre los recelos y las sospechas, record?ndole la prediccion que fijaba la p?rdida del imperio para cuando llegase ? reinar este pr?ncipe. ? esto, desafiando el influjo de las estrellas, decia Muley: "La cuchilla del verdugo probar? la falsedad de estos hor?scopos, y atajar? la ambicion de Boabdil, asi como ha castigado la osad?a de sus hermanos."

Advertida secretamente de la intencion cruel del viejo Monarca, la sultana Aixa, muger de resolucion y talento, se concert? con algunas damas de su servidumbre para facilitar la fuga de su hijo. ? un criado de toda su confianza se di? el encargo de apostarse ? la media noche en las orillas del rio Darro, prevenido de un ligero caballo ?rabe. Y al tiempo que yacian todos en un profundo reposo, y reinaban en palacio el silencio y la oscuridad, atando por los cabos los mantos y tocas de sus criadas, descolg? la sultana al j?ven pr?ncipe desde la torre de Com?res. Bajando ? tientas aquella ?spera cuesta, lleg? Boabdil ? las m?rgenes del Darro y saltando en su caballo, parti? ? carrera tendida para Guadix, en las Alpujarras. Aqui permaneci? oculto algun tiempo; pero despues, reuniendo sus partidarios y fortific?ndose en aquella plaza, pudo declararse abiertamente y desafiar las asechanzas de su padre.

Tal era el estado de cosas en la casa real de Granada, cuando volvi? Muley de su desastrosa expedicion de Alhama. La faccion formada entre los nobles para deponer al Rey padre y colocar en el trono ? Boabdil, se habia puesto ya de acuerdo con ?ste: estaban tomadas las medidas necesarias, y para la ejecucion de su proyecto solo esperaban una ocasion favorable, que en breve se les present?. Tenia Aben Hazen en las inmediaciones de Granada un sitio de recreo llamado Alejares, donde solia acudir para solazar el ?nimo y distraerse de los cuidados cont?nuos que le rodeaban. Habia pasado alli un dia, cuando volviendo ? Granada, hall? cerradas las puertas de la ciudad, y proclamado Rey ? su hijo Boabdil. "?Al? achbar! ?Dios es grande! dijo el triste Monarca: en vano es porfiar contra el destino: estaba escrito que mi hijo habia de subir al trono: Al? no permita que se cumpla lo restante del vaticinio." Conociendo Aben Hazen que mientras durase aquella efervescencia popular, serian in?tiles cuantos esfuerzos hiciera para recuperar su autoridad, volvi? las riendas ? su caballo y se dirigi? ? Baza, donde fue recibido con grandes demostraciones de lealtad.

Pero en el car?cter entero y firme de Muley Aben Hazen, no cabia la debilidad de rendir el cetro sin resistencia: confiaba en la lealtad de una gran parte del reino que aun le reconocia; y se lisongeaba que present?ndose repentinamente en la capital con una fuerza regular, conseguiria intimidar al pueblo y hacerle volver ? su observancia. Tomada esta resolucion, procedi? ? llevarla ? efecto con la destreza y osad?a propias de su car?cter, y ? la cabeza de quinientos hombres escogidos se present? una noche bajo los muros de Granada: escal? la Alhambra, y entrando con furor sanguinario por aquellos silenciosos aposentos, se arroj? sobre sus pac?ficos habitadores, cebando en ellos el alfange exterminador, que no perdonaba edad, calidad, ni sexo. Despertaron aquellos infelices para volver los mas de ellos ? cerrar los ojos en la muerte: resonaban en todo el castillo sus alaridos, y las fuentes corrian ensangrentadas. El alcaide Aben Comixer se retrajo ? una torre fuerte, y se encerr? con algunos soldados; pero Muley, sin perder tiempo en perseguirle, baj? con su feroz cuadrilla ? la ciudad, para vengarse de los rebelados. Alarm?ronse los habitantes, corrieron ? las armas y encendiendo luces por todas partes, pudieron reconocer el corto n?mero de los autores de tanto estrago. Muley se habia equivocado en sus conjeturas; porque la masa del pueblo indignado de su tiran?a, se manifest? decididamente, en favor de Boabdil. Sigui?se por las calles y plazas un combate terrible, pero corto, en que murieron muchos de los partidarios de Muley: los demas se salvaron con la fuga, y en compa??a de su soberano, se dirigieron ? la ciudad de M?laga.

Tal fue el principio de aquellos bandos y disensiones intestinas, que apresuraron la ruina de este imperio. Divididos los moros entre s?, formaron desde aquel dia dos partidos, mandados por el padre y el hijo; pero con todo eso, cuando la ocasion se presentaba, nunca dejaron de unir sus respectivas fuerzas para dirigirlas contra los cristianos, como ? enemigo comun.

En un consejo de guerra convocado por el Rey Fernando en C?rdoba, se trataba de lo que debia hacerse con Alhama, y ya el parecer de los que aconsejaban que se desamparase aquella fortaleza, por estar situada en el centro del territorio moro y expuesta en todo tiempo ? un ataque, empezaba ? prevalecer, cuando lleg? la Reina. Instruida Isabel de estas deliberaciones, se presenta en el consejo y tomando la palabra: "No quiera Dios, dice, que asi se malogre el primer fruto de nuestras victorias: ?tan f?cilmente habiamos de abandonar la primera plaza que hemos arrancado al enemigo? Lejos de nosotros semejante idea; ?pues qu? otra cosa seria el hacerlo, sino descubrir la debilidad de nuestros consejos, ? inspirar mayores brios ? los infieles? No se vuelva pues ? tratar de abandonar ? Alhama, y s? solo de conservar y extender nuestras conquistas, hasta dar glorioso t?rmino ? tan santa guerra con la destruccion total del imperio de los moros en Espa?a."

El discurso de la Reina infundi? nuevo ?nimo en el consejo real, y al punto se tomaron las medidas convenientes para mantener ? Alhama ? todo trance: por alcaide de esta plaza nombr? el Rey ? Luis Fernandez Portocarrero, se?or de Palma; se le agregaron Diego Lopez de Ayala, Pedro Ruiz de Alarcon y Alonso Ortiz, capitanes de cuatrocientas lanzas, con mil hombres de infanter?a y vituallas para tres meses.

Deliber? Fernando entonces emprender el asedio de Loja, ciudad fuerte, no muy distante de Alhama. Con este intento intim? ? todas las ciudades y pueblos de Andaluc?a y Extremadura, al reino de Toledo y ? las ?rdenes militares, le enviasen para un tiempo se?alado, ? su campo delante de Loja, cierta cantidad de provisiones, segun sus respectivos repartimientos. Los moros por su parte, no fueron menos diligentes en sus preparativos: enviaron al ?frica ? solicitar socorros, y ? impetrar el auxilio de los pr?ncipes berberiscos en esta guerra por la f?. ? fin de interceptar estos socorros, apostaron los Reyes de Castilla en el estrecho de Gibraltar, una escuadra de nav?os y galeras al mando de Martin Diaz de Mena y de C?rlos de Valera, con ?rden de barrer las costas de Berber?a y destruir hasta la ?ltima nave de aquella nacion.

Mientras se hacian estas prevenciones, sali? el Rey ? hacer una tala en la vega de Granada, y quem?ronse en esta incursion gran n?mero de cortijos, alquer?as y lugares; se rob? mucho ganado, y fueron destruidas las mieses.

H?cia fines de junio parti? de C?rdoba el Rey Fernando, para sentar sus reales bajo los muros de Loja, llevando consigo solo cinco mil hombres de ? caballo y ocho mil de infanter?a. El marqu?s de C?diz, capitan tan experimentado cuanto valiente, represent? al Rey que con tan corto n?mero de tropas seria muy arriesgado acometer aquella empresa; h?zole ver que el plan de campa?a se habia formado mal, y que se habian omitido muchas prevenciones importantes; pero en el ?nimo del Rey, pudieron mas los consejos de don Diego de Merlo; y sin llevar todos los pertrechos indispensables ? un ej?rcito sitiador, movi? el campo, y con resolucion y confianza march? contra la ciudad de Loja.

Llegando ? aquella plaza, asent? el Rey su estancia entre unos olivares, ? orillas del rio Jenil, que por aquella parte pasa muy hondo, y acanalado por unas riberas tan altas, que con dificultad se puede vadear, y los moros estaban en posesion del puente. Las alturas inmediatas fueron ocupadas por la demas tropa, distribuida en varios acampamentos, pero separados unos de otros por barrancos, de suerte que en caso necesario, no podian acudir ? socorrerse m?tuamente. La artiller?a, por otra parte, se coloc? con tan poco acierto, que no se pudo sacar de ella utilidad alguna, y la aspereza y desigualdad del terreno impidieron no poco las maniobras de la caballer?a. Todos estos defectos fueron notados por el duque de Villahermosa, hermano natural del Rey, que aconsej? se mudase el campo ? otra parte, y se echasen puentes sobre el rio. Hici?ronse algunas diligencias ? este efecto, pero con tan poca actividad y conocimiento, que no fueron de ningun provecho. Hay cerca de la ciudad un cerro llamado cuesta de Albohazen, que por dominar ? aquella ciudad y estar situado delante del puente, era muy ? prop?sito para contener al enemigo. Para remediar en parte los desaciertos cometidos, y dar mayor seguridad al campo, se hacia preciso apoderarse de aquella altura y fortificarse en ella; por lo que mand? el Rey que acometiesen ? tomarla; y este honroso encargo se confi? al valor y bizarr?a del marqu?s de C?diz, el marqu?s de Villena, don Rodrigo Tellez Giron, maestre de Calatrava, su hermano el conde de Ure?a y don Alonso de Aguilar. Subieron all? estos ?nclitos guerreros con sus tropas, y vi?se en breve relucir la cuesta de Albohazen con las armas de Castilla.

Mandaba ? la sazon en Loja un alcaide viejo llamado Aliatar, cuya hija era la sultana favorita de Boabdil. Era Aliatar un esforzado y valiente moro, muy versado en la guerra, como que se habia criado en ella; y aunque muy cargado de a?os, conservaba en la vejez todo el fuego y energ?a de la juventud. Su nombre era el terror de la frontera, su esp?ritu ind?mito y fiero, ? implacable el odio que profesaba ? los cristianos. Tenia ? sus ?rdenes tres mil ginetes, con los cuales habia hecho muchas correr?as muy se?aladas, y estaba esperando por momentos la venida del Rey viejo con tropas de refuerzo. Desde las torres de su fortaleza, habia observado este veterano caudillo los movimientos del ej?rcito cristiano, y ninguno de los errores que cometieron se ocult? ? su penetracion. Aquella misma noche, mand? salir un cuerpo numeroso de tropa escogida, con ?rden de ponerse en emboscada junto ? una de las faldas de la cuesta de Albohazen; y al dia siguiente hizo una salida por el puente, fingiendo atacar aquella altura. Corrieron ? hacerle rostro los caballeros que alli estaban, dejando desamparado el puesto, y al punto Aliatar finge ceder al ?mpetu del enemigo y retrocede: los cristianos le persiguen, y hall?ndose ya bastante apartados de su campo, oyen ? retaguardia un clamor terrible; vuelven el rostro y ven atacado su acampamento por los moros que habian quedado en emboscada: acuden los cristianos ? la defensa de sus estancias, y tornan ? pelear con grande ?nimo; pero Aliatar revuelve al instante contra ellos y los embiste. Vi?ronse entonces los caballeros acometidos de frente y por espalda, y con esta desventaja sostuvieron el combate por espacio de una hora: la cuesta de Albohazen se empap? en sangre, y qued? cubierta de montones de cad?veres; pero viniendo luego ? socorrerles una parte del ej?rcito cristiano, fue forzado el fiero Aliatar ? retirarse, y se volvi? con los suyos ? la ciudad. Algunos caballeros de fama perecieron en esta refriega: entre ellos don Rodrigo Tellez Giron, que muri? de una saeta, la cual le acert? debajo del brazo al tiempo de levantarlo para descargar un golpe. Fue muy sentida su muerte, por haber ocurrido en la flor de su edad, cuando apenas contaba veinte y cuatro a?os. Los Reyes le lloraron como ? uno de sus mejores vasallos, los capitanes como ? un fiel compa?ero de armas y part?cipe en sus glorias y peligros, y los soldados como ? un gefe bajo cuya conducta se habian prometido alcanzar los mayores triunfos.

Alterado por este rev?s, y conociendo, aunque tarde, ser muy acertada la opinion del marqu?s de C?diz en cuanto ? la insuficiencia de sus fuerzas para aquella empresa, convoc? el Rey aquella noche un consejo de guerra, y se acord?, para evitar mayores desastres, retirar el ej?rcito y replegarse sobre Riofrio, no muy lejos de alli, ? fin de esperar la reunion de las tropas que venian de C?rdoba. Al amanecer del dia siguiente, se empezaron ? abatir las tiendas en la cuesta de Albohazen; y notando el vigilante Aliatar este movimiento, sali? sin tardanza para dar un nuevo ataque. Una parte del ej?rcito cristiano, ? quien aun no se habia comunicado la ?rden de levantar el campo, viendo que se abandonaba aquella posicion importante y que salia toda la guarnicion de Loja, entendi? que los moros habrian sido reforzados la noche pasada por la venida de su Rey, y que el ej?rcito se habia puesto en retirada. Al punto y sin detenerse ? recibir ?rdenes, se entregan ? una fuga precipitada; y comunicando su confusion ? los demas, no paran en su carrera hasta llegar ? un parage dicho la Pe?a de los enamorados, distante de Loja unas siete leguas.

Pulgar, Cr?nica.

El Rey y los capitanes que le asistian reconocieron el peligro de aquel momento, y haciendo frente al enemigo, sostuvieron repetidas cargas, para dar tiempo ? que se recogiese el campo y se pusiese en salvo la artiller?a y demas pertrechos. Conseguido este objeto, corri? el Rey ? una altura desde donde llamando ? voces ? los fugitivos, procuraba rehacerlos. Reuni?ronsele unos pocos, con los cuales, meti?ndose por medio del fuego enemigo, arremeti? ? un escuadron de moros con tal denuedo y valor, que los arroll? y ech? hasta el rio, donde fueron ahogados los que no murieron con la espada. Pero reforzados los moros, volvieron en mayor n?mero, y corri? gran peligro la persona del Rey: dos veces debi? la vida al valor de don Juan Ribera, se?or de Montemayor. El marqu?s de C?diz, viendo desde lejos el riesgo de su Soberano, corri? ? socorrerle seguido de unos setenta ginetes, y de la primera lanzada atraves? al mas osado de los moros. Herido el caballo de un flechazo y sin mas armas que la espada, se ech? entre el Rey y los enemigos, y haciendo prodigios de valor, le sac? de aquel aprieto. ? su constancia y serenidad se debi? principalmente la salvacion de la mayor parte del ej?rcito, en el cual hubo, no obstante, grandes p?rdidas, por lo mucho que en aquel azaroso dia se expusieron los caudillos. El duque de Medinaceli fue derribado de su caballo, y estuvo en poco no cayese en manos del enemigo: el conde de Tendilla recibi? varias heridas, y no fue menos lo que padecieron otros hidalgos de nota y caballeros de la casa real. Por ?ltimo, recogido la mayor parte del bagage y restablecido algun tanto el ?rden, comenz? ? retirarse el ej?rcito, evacuando las cercan?as de Loja y la sangrienta cuesta de Albohazen, con p?rdida de algunas piezas de artiller?a, muchas tiendas de campa?a y una cantidad de provisiones.

Cura de los Palacios, c. 58.

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